
En Jerusalem no hay héroes. Hay hombres que olvidan los libros. Discípulos de banderas, bajo cuya sombra se acurruca el miedo y el dolor. Y llegará la noche, sin remedio. Y abrirán sus puertas los refugios. Y el soldado se descubrirá solo en la negrura, sin más cáliz que el arma de sus manos.
En Jerusalem no existe Dios. Sólo cientos de muros se erigen hacia el cielo, como pétreos brazos que claman por su propia demolición. Sólo fronteras, bordes que separan. Y la gloria del cruzado alejándose deprisa. Rodando implacable sobre su vieja bicicleta que huye del crepúsculo, cuando todas las alarmas comienzan a ulular.
















