Fue la última vez que le vi. La última que escuché descuartizar mi nombre por sus labios, y ya el aire en su boca sabía a cementerio, a un amor amortajado sin fe en la otra vida.
Por desgracia, los relojes no guardan luto por la muerte de sus horas, y al día siguiente, una nueva tirada de periódicos calmaría la sed de los supervivientes. Sin noticias del sol, la ciudad se amarraría al cuello de la niebla, y ajenos al dolor de los mayores, recitarían los niños inocentes sus canciones infantiles. Una flota de fantasmas abordaría las calles, abasteciendo el hambre en los supermercados, y en algún retirado rincón, otra mujer sentiría la misma punzada, aquel mismo arpón, haciendo diana en la débil coraza de los sueños.
Nadie,
sin embargo,
recavó en esta tumba nueva.
Nadie la adornó con flores ni epitafios.