Ni las ruedas sobre los charcos. Ni los primeros acordes de Paloma. Ni el gemido de un gozne oxidado. Ni la campana que acompasa al viento. No lo intenten. Hoy tengo agujereado el tímpano de tanto silencio.
Aprovecho para decir que te quiero. Porque las hojas sin remedio caen sobre la arteria abierta en la conciencia. Por si al rato esta histeria colectiva impide reconocernos. Por si acaso. No sé mañana, u hoy que se está yendo. Te quiero.
El cierzo pelará los cabezos y aullará un lamento antiguo, quizá por boca de nosotros. En aquella piedra rugen los nombres que atesoran viejos túmulos y huesos que son nuestros, y me llama el trueno y digo que aquello que fuimos no ha de ser piedra donde tropiece el futuro.
Con este lenguaje de signos mando al carajo a las sombras y a los quicios. Y amenazo al que amenaza. Abraso al que abrasa. Cazo al que caza. No replica el espejo ni osa rebosar la sopa.
He comenzado a declinar sola -creeme- cuando te ausentas.
Te rescato. Me abrazo al reflejo desfigurado que perdura en la memoria. Te busco en los olores adheridos a aquellas ropas. Aquel jabón, aquel perfume primero. Te llamo. Me agarro a la última letra que se deshace en el recuerdo.
Y cada vez vuelvo antes a casa. Y cada mañana amanece más temprano.
Mientras conduces callado, una palabra se ha colado en mi cabeza: periferia.
No puedo ahora pensar en los regalos, en la oferta de las hamburguesas, en mis botas nuevas. Sólo periferia. Luces amarillas, como baldosas señalando el camino imperativamente. Polígonos, como cementerios que descuidan sus cadáveres. Rondas y cinturones, como espirales infinitas que bordean una y otra vez la misma duda. Piezas oxidadas de viejas lavadoras, como túmulos erigidos en memoria de otra época.
Y tú, volviendo a casa, reconociendo en el asfalto, esparcidas, las pobres migas de pan de nuestra vida.
En secreto, le concedo el off al último hit del dj de moda, para dejar que las variantes del canon de Pachelbel amartilleen sin pudor cada terminación nerviosa, para que todo sea periferia. Como para beberla desde dentro, desde la negrura del otro lado, desde la tristeza del arbusto solo, desde el epicentro mismo de la prisa. Como para dejar que me atraviese, que arrase los cimientos urbanos que me amarran, que me inunde con su pena de arrabal, que me arrastre metro a metro por la efímera frontera de mi mundo y este otro mundo.
Y así ha sido como, mientras conducías callado, y la casa esperaba caliente, y alguien escribía un mensaje, y otros cenaban fuera, yo dejaba escapar una lágrima.
Lluvia. Gotas afiladas. Como dardos en el corazón de una diana, tratando de alcanzar el centro del dolor para desinfectarlo. El orígen de todos los errores permanece inmune a curas naturales, a remedios caseros, a drogas románticas, y la lluvia es una vacuna inútil para lo que ya yace enfermo.
De diablos está lleno el mundo. No aprecio en sus rostros trazo alguno de ternura, y en sus ojos, insiste ese mismo rencor oscuro que a ratos me succiona a mí. Es descorazonador el ruido que se cuela entre la niebla, o el viento que hace confluir nuestros pasos por la misma acera. Todos con la misma sombra bajo los párpados, postrados ante este dios moderno, condenador y melancólico al tiempo, redactando interminables listas de errores que aguardan ser perdonados.
Ultimamente viene a sentarse un loco en este banco, y el día transcurre entre aullidos indescifrables y canciones sin estribillo. Creo que advierte la sombra en nuestras muecas, y cacarea sin pudor su reprimenda. Creo que su canción es la oración de un sabio visionario que abrazó la locura como único remedio.
Es por eso que a veces miro hacia otro lado, y absorbo por los ojos el asfalto circundante.
Quiero ser pared. Semáforo. Hacer mía la fría conmoción de los metales para no llegar a casa y prender la carcoma inevitable de los muebles.
Es por eso que extravío algún recuerdo en extraños abordajes al pasado y regresar es cada día un camino nuevo al mismo punto, la puerta gemela, la misma serpiente mudando de ruina.
Qué largo este manojo de letras inconclusas. Y el silencio grave de la noche en mi cabeza.
Sólo grillos. O miles de gallinas cacareando. O una sólo bramando tu nombre en la tormenta. Y el eco insondable devolviendo a mi boca esa palabra avinagrada.
2009, con todos sus deseos agotados, entre los charcos arrastra su burla de diablo. Mañana es un niño hambriento, una muchacha muda, un silencio infinito de tantas noches en mi cabeza.
Habíamos acordado tú y yo, recientemente, verter la letra de adentro hacia fuera como si no ardiera agosto todavía en mi espalda escamada, o al vomitar no rasgara aquel rosario cuenta a cuenta la boca del estómago. Al final hay que volver y tropezarse con las calles sitiadas de resacas y rodar los adoquines infelices que propugnaran ciertas rebeliones. Si solamente hubiésemos pactado lacrar la puerta del invierno, llegar tarde a las citas de trabajo, visitar al director del banco con la nómina al cero y un ramo de flores en la mano... Pero hemos perdido, y he vuelto a acoplarme a mi fantasma de las 7:00. Y la inercia guiará cada mañana mis pasos de cordero silenciado olvidando en el resabiado camino sonrisas y pactos imposibles.