Secretos para mantener vivo el rizo. Secretos para tersar arrugas. Secretos para alisar los labios. Tantos secretos que lo que miras calla y no alcanzas a saber ya ni lo que besas ni lo que amas.
Tantos secretos tengo. Y para colmo esta mala memoria mía.
Hay una grieta en tu pupila por la que escapa la verdad, y nada más que la verdad. Si tiene que dolerme algo que sea tu nombre en otros labios pero no esa verdad muda de tus ojos retratando a los fantasmas, retando a mis mentiras, convirtiéndote en herida que se ensancha con cada nuevo parpadeo.
El día menos pensado esta ciudad venderá a sus hijos o les inyectará el veneno de su memoria.
Yo no quiero ver morir los mitos. Descubrir su parte de miseria.
Las velas enrizadas de María tiritan año trás año en el cristal y su pedestal consuela cada vez a menos héroes en los calvarios. Sólo parece volver la sangre a derramar su mapa denso en la piel tensada de los bombos.
Esta ciudad me ha robado el crujido, la hora rota, el miedo primero de los niños antes de descubrir al hombre bajo los terceroles.
Hoy se ha apagado otra de esas voces duras que acunan mi infancia. Una de las incondicionales en el coche en cualquier viaje que se precie. Hoy esa estrella ha volado del jardín.
Hay una mujer que apunta con la nariz y ladra sus sueños más altos que su nombre. Yo la miro y no escucho. Pienso en que tengo que cocer guisantes, recoger un vestido, buscar un andén en Delicias el sábado.
Ella dirige su nariz al infinito y revientan las alarmas en Las Torres. Con la mente en Off busco a Silvio desesperadamente en el itunes y los unicornios son azules, y "si me dices pide un deseo pediría un rabo de nube". Y que te calles, porque mis hechizos no resisten pronombres ni estridencias, y este piano es una lluvia de meteoros en los tímpanos cada vez que apunta tu nariz a algun planeta imaginario, que no existe. Se adelgaza la línea de tu cuerpo, y tal y como elevas el timbre agudo y rancio de tu voz aparecen los créditos. Empequeñeces.
Malas intenciones. Heroes del Silencio, primer concierto en Zaragoza 10/10/2007 Pilares
Demasiada noche. Demasiados rostros fracturando sus muecas ya no tan jóvenes. Las primeras arrugas reconociéndote, pronunciando tu nombre, alertando a tu frente de los espejos. Y tanta noche girando en espiral sobre las torres desnudas del casco viejo. Tan vieja la luna con su sabia luz evitando los rincones peligrosos de los hombres. Los que guardan el ardor primero, la primera madrugada, el primer invierno sobre tus labios. Cuando pienses en mí recuerda cualquiera de esas maldades que no eran malas, alguna mentira de esas que no mentían, cualquiera de aquellas noches que no duraban.
Sin contar con ello se prenden las farolas. Adiós. Adiós horas. Adiós segundos que no me han pertenecido. No cuento ya tampoco con tu llamada. Adiós. Adiós historias que no he contado, o que no he vivido, o que he prescindido de vivirlas. Cuando menos lo espere se habrán apagado las farolas.
No hay nada poético en regresar a casa con cinco bolsas colgando desde el Mercadona. En esquivar en la esquina al vecino coñazo y fingir una repentina llamada telefónica. Nada poético en mis botas sucias, en mis canas del flequillo, en el indigente permanentemente viajando del banco de La Magdalena al paraiso. Si acaso reparé en dos palomas dándose arrumacos y golpes con el pico pero el timbre me alertó a tiempo de esquivar la bicicleta. No importa. La verdad es que odio las palomas.
Me dan la espalda los gatos con su desaire rugoso de uralita, y Otis Redding desperdicia el tiempo arrojado en el muelle de la Bahía.
Me dan la espalda, ignorando, y yo erizando la piel del corazón. Y Otis eternamente joven acariciando el mar con la garganta, a dos mil millas de casa para hacer de aquel muelle su hogar.
Voy a soñar silencio como quien sueña el triunfo o la grandeza. Silencio absoluto. Párpado caido sobre el quejido del mundo, y un simulacro de paz. Refugio. Como si tus labios no labraran adioses ni los niños aullaran canciones bajo el balcón. Voy a soñar silencio ahora que todo lo que conozco se prende de ruido y devoción. Como quien habita un zulo transparente y ajeno a sus vecinos, tímido y pulcro, nicho que muerde su lengua y cubre de olvido un oído cansado de escuchar.
Cuando escuece la nostalgia ácida del latonero, la costra en las rodillas, la prisa en el reloj de los infantes, mejor que lamentar es volverse los ojos hacia adentro y encontrar el cuaderno de los cuentos, el bote de los lápices, el tiempo que se guarda entre algodones para tomarlo añejo cuando duelen agrios y punzantes los recuerdos.
A veces escribo
porque revienta una vena en mi garganta
y se derrama algo como rabia,
como puro arsénico
que o bien mata o deja huérfano.
A veces escribo
porque una voz dura de mujer
escuece y acaricia por igual.
Y justo cuando estabas comprendiendo
susurra Olga Guillot:
«mi´ jito»,
para cantar esos boleros,
primero hay que haber vivido». A veces escribo por mi madre,
que sintoniza por la noche esta señal.
Mi madre,
que adora todo lo que escribo.
Y a María Dolores Pradera.
No tengo buena memoria y ese es un hecho irrefutable y probrado. Pero a veces huelo un rastro y el milagro alumbra con su policromía viejos fotogramas en blanco y negro.
Hoy vino a mi olfato Pennyroyal Tea y afirmo como irrefutable que este vacío en la memoria es mentiroso, y sobre todo un gran ladrón.
Al verse sitiada mi razón o cualquier emoción pasajera he tomado la ruta del animal herido. Rauda y desbocada, el último caudal de sangre replicando cara a cara a la muerte, desprendiéndose del brazo de la vida.
Sin importar que la huida sea torpe. Sin recabar en las pilas de cadáveres. El enemigo silbando a mis talones y a lo lejos esa luz que no se alcanza.
He decidido que tengo el poder de ordenar a mi antojo los fragmentos rotos de mi historia. Los que nadie sabe - y callo - Los que son secretos. (miento) Porque tengo el derecho y la obligación de apartar el dolor e inventar la dicha.
Será que todos los reencuentros encierran el rancio dolor de la certeza.
Verse en el otro. Más viejo. Más patente el hecho de que has cambiado. Y lo mismo yo habré desbaratado tantas coordenadas, tantos océanos sin playa en antiguos mapas prefijados.
Así nos reconoceremos: por el timbre de voz y lo profundo de este hueco en las pupilas. Aquellos abismos intangibles que el tiempo no ha logrado aún arrebatarnos.
Aquel corazón era mío, y este amor, si acaso, es el rabioso amor de las ortigas. Porque en esa hora de perros me maté la adolescencia y supe que haría más daño el silencio después de la urticaria.
La próxima vez no engulliré mi aullido. Prometo rezar, hincarme ante una luna enredada al vértice último de los campanarios. Y aplacar el hambre, la apetencia torpe e incauta de este deseo licántropo.
La próxima vez pondré fin de una vez a la contienda que libran sangre y plata en los cauces de mis arterias. Y podrás decir que atendí a un instinto extinto que devoraba a dentelladas todas las lunas llenas de la historia.
Podría decirte "Viento, amárranos. Tiempo, detente muchos años." No será nada nuevo y nadie estará entendiendo nada, pero podría decirte "por si alguna vez me buscas estaré eternamente lejos", y en la distancia más dura del recuerdo, tú quizá sonreirías.
No creas que no tengo presente quién quebró los puentes o los hilos de las marionetas. Y a pesar de este silencio, pienso que aún sería capaz de crear un código secreto.
Si consigo conjugar estos verbos nuevos que me asaltan, prometo susurrar desde mi ventana "antes de que nos olviden haremos historia" y tú contestarías quizá sonriendo, "andaremos de rodillas, el alma no tiene la culpa". Así sabría que me has entendido.